ADICTOS AL AMORSon hombres y mujeres que aman demasiado. Tanto, que se anulan y sufren lo indecible. De sus parejas llegan a aceptar vejámenes sicológicos, físicos y sexuales. Por miedo al abandono, no terminan ni resuelven sus relaciones: requieren sentirse “necesitados” y tienen la fantasía de que van a redimir a su pareja ayudándole a sanar. Por Jacqueline Otey A. Claudia tiene 34 años, es publicista, un matrimonio que no funcionó y una actual relación que ha decidido dejar stand by. Frente al terapeuta descubrió que siempre elige el “amor equivocado”. Se siente atraída por hombres brillantes a nivel profesional, pero que cargan desamparo y rencor. Todos ellos la agredieron sicológicamente. Al analizar su historia afectiva, advierte que a cada hombre que ha amado, los une un patrón: la personalidad de su padre.La adicción afectiva es una más de las tantas que existen. Y al igual que un drogadicto o un alcohólico cuando no consiguen droga o un trago para tomar, los adictos emocionales sufren de la misma forma cuando no sienten amor. Las razones que originan esta sensación son las mismas que provocan la dependencia química: situaciones no resueltas ocurridas al interior de la familia. —Familias que han vivido hechos de mucho dolor pueden llegar a desarrollar, entre sus miembros, dependencias de este tipo. Son situaciones que nunca se enfrentaron, como secretos, abusos, enfermedades de riqueza y pobreza o infidelidades. En algunos casos, se cree que existe un factor genético-proteico, pero lo importante es que a través de la terapia la persona accede al dolor que ha guardado por años y que no sabía que era la causa, de su adicción afectiva —dice el sicólogo Mauricio Sanhueza, especialista en el tema. La adicción de pareja no es al azar: el amor se busca copiando historias o patrones familiares. Si la persona aprendió que los padres se peleaban, seguramente repetirá esa conducta al enamorarse. —Es común que en este tipo de vínculos las personas, al conocerse, sientan que hay lazos muy fuertes que los unen. En un comienzo la sensación de amor no se compara a ninguna otra experiencia. Pero el tiempo hace aflorar antiguos dolores que cargan los enamorados, lo que provoca el colapso de la relación. Es normal que hijos o hijas de padres alcohólicos, drogadictos o abusadores se enamoren de personas que presentan la misma enfermedad —dice el profesional. La adicción afectiva se refleja en las ganas de enamorarse que puede tener una persona y así reforzar su autoestima frente a carencias emocionales. —Son personas en búsqueda del enamoramiento, de la sensación de que produce endorfina que le otorga bienestar. Más que alegría, lo que siente es euforia y mucho agrado. Lo que no sabe es que la sensación tiende a terminar. Después de eso, al igual que con la dependencia al alcohol o las drogas, se produce el bajón. La persona cree que se equivocó y vuelve, entre comillas, a darse permiso para iniciar una nueva búsqueda -dice la sicóloga Susana Ifland, presidenta de la Sociedad Chilena de Sicología Clínica. La personalidad de quienes presentan este tipo de adicción, por lo general, posee traumas sufridos en la infancia, como abuso, maltrato o negligencia que deterioran sensiblemente su autoestima, de tal manera, que a menudo no validan ni sienten lo que perciben. Son personas que para sobrevivir al trauma se desconectan de ellos mismos y buscan la aprobación del resto. —Al escarbar en mi vida durante la sicoterapia reconocí las situaciones que durante mi infancia gatillaron mi comportamiento afectivo. A los 9 años, después de un acto en el colegio, mi papá se olvidó de ir a buscarme. Vivía lejos y tuve que caminar más de 40 cuadras. En ese momento no tuve miedo ni tampoco sentí el abandono que hoy sí sé que existió. Ese hecho derivó en muchas ansiedades que durante mi vida sentí y que no sabía a qué atribuir, pero tuvieron que pasar años para que entendiera qué era lo que me sucedía a nivel personal y de pareja —cuenta R.S, una mujer que prefirió guardar su identidad. Quienes padecen de este trastorno necesitan del otro para sentirse completos. Quien sufre adicción afectiva se autoincapacita. —No cree que pueda sobrevivir sin el otro. Su mente depende de la otra persona. Amar demasiado significa que la persona adicta piense que el otro va cambiar gracias al amor que le entrega. Muchas mujeres buscan hombres que sufren adicciones o patologías a su vez —explica la especialista. En un contexto adictivo, existen relaciones que duran toda la vida, pero también las que se terminan cuando el dolor de los involucrados es demasiado grande. Otras, que vuelven y terminan debido al vínculo adictivo que los une. —Aunque muchos adictos están conscientes de que el otro les hace mal, no pueden detenerse. Confunden intensidad con intimidad. Es más, si todo está en orden crean conflictos para volver a la “normalidad” —explica el sicólogo. La baja autoestima es otro nexo en estas parejas. Además, piensan que no pueden salirse del vínculo porque si lo hacen, nadie los va a amar como esa persona. —Al analizar mi relación de pareja siento que mi marido se parece demasiado a mi padre: crítico, exagerado en sus demostraciones de ofuscación y descalificador. Esa actitud yo me la cobraba con la distancia afectiva, pero tampoco lo quería abandonar. Simplemente lo castigaba con la indiferencia. Lamentablemente, siento que mis hijos copiaron el modelo de conducta de mi marido. Ellos han sido tremendamente hirientes conmigo. Hoy no saben qué decir frente a los cambios que ha tenido la mamá —agrega RS. Cuando un adicto afectivo decide terminar la relación que le hace daño lo hace fundamentalmente por el sufrimiento que a menudo desemboca en una depresión, que es el motivo de consulta en último término. —Si la persona no recibe tratamiento, va a tender a reproducir el mismo modelo en las relaciones de pareja que emprenda en el futuro —enfatiza la sicóloga Susana Ifland. Según el sicólogo Mauricio Sanhueza, este tipo de relaciones tiene su origen en heridas de la niñez. Por la misma razón, los conflictos se desarrollan a ese nivel en la pareja. —Se trata de una relación de niños en cuerpos de grandes. Ellos crecieron corporalmente, pero nunca pudieron sanar sus heridas de la infancia. En la consulta se ven claramente estos dos pequeños jugando a ser grandes, pero empleando juegos de niños heridos: no te llamo, no me importas, te saco celos. En ningún momento dan a conocer el dolor que sienten porque han aprendido que no se puede ser honesto.
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