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DE AMORES Y VIOLENCIA

Un camino que no hay que recorrer

Muchas mujeres soportan en sus casas situaciones de violencia. Todos conocemos a alguien, madre, amiga, tía, hermana, a quien agredieron, gritaron, insultaron, despreciaron.

Pero las mujeres que viven estas situaciones de violencia tienen reparos en decirlo porque desde chicas estamos oyendo que «el amor es lo más importante en la vida, y que «la familia es la mayor felicidad» y mil cosas por el estilo. Son frases que suenan bien y que prometen mucho, pero que, lamentablemente, no siempre son verdad.

Son fantasías repetidas durante siglos, que reaparecen en la televisión, el cine, las fotonovelas o los cuentos infantiles. La realidad es que muchas mujeres viven ahogadas en relaciones donde el abuso de poder es «normal», no son felices ni comen perdices, y no hay un príncipe que las despierte con un beso, sino másbien con un insulto o un golpe.

Enfrentar la violencia doméstica nos obliga a asumir el riesgo y el dolor de ver la realidad con ojos bien abiertos, sin engañarnos pensando que todo está bien cuando no lo está.
 


Hogar ... ¿Dulce Hogar?

La familia está cargada de exigencias y de responsabilidades para la mujer, pero recibe muy poco reconocimiento por lo que hace.

La familia implica para la mujer una suma de funciones que es muy difícil cumplir: la limpieza, el orden, las compras, el lavado, la comida, la educación, la salud, los horarios, el presupuesto, atender las tristezas y alegrías de todas las edades. Es mucho, pero resulta invisible, no se valora, casi nadie piensa que las mujeres estén haciendo algo importante.

Esto se agrava cuando hay maltrato, ya sea en forma de insultos, celos o acusaciones injustificadas, difamación, prohibiciones, amenazas, golpes, que van encerrando a la mujer en un dilema imposible, porque todas las soluciones que imagina tienen un componente de "no se puede porque ..." En esta imposibilidad pesan una serie de mitos sobre la mujer, la familia, la pareja y el amor.

El mito del fracaso. Muchas personas creen que vivir en pareja es lo único posible para la mujer, y que no lograrlo es fracasar en la vida. Vivir en pareja es muy bueno si ayuda a vivir bien a sus integrantes, pero si hay violencia, es todo lo contrario, destruye. Resignarse a vivir con una pareja violenta es una mala opción.

El mito de la culpa. La idea de que la armonía de la familia depende de la mujer, lleva al error de sentirse culpable de todo lo que anda mal. La familia depende de lo que todas las personas pongan de sí para el bienestar colectivo, y una persona no puede hacer milagros si la pareja no empuja para el mismo lado.

 

 

El mito de la familia normal.  

En nuestra cultura circula la idea de la «familia normal», formada por papá, mamá y los nenes. Las familias divorciadas o las encabezadas por madres solas, quedan por fuera de este modelo. Sin embargo sabemos que en nuestro país casi el 30% de las familias están a cargo de una mujer sola. La normalidad de la familia no radica en cómo está integrada sino en su capacidad de dar afecto y cuidado a sus integrantes, y transmitir valores para la vida a los hijos.

El mito de la protección. Se dice que la familia es el refugio de todos los males, el lugar seguro y feliz, pero la dolorosa realidad de la violencia doméstica nos muestra que no siempre lo es. Muchas mujeres sacrifican su propio bienestar por "no separar a los hijos del padre", sin ver lo dañino que puede ser un padre violento.

El mito de la abnegación. Las mujeres se sienten responsables de cuidar de los otros pero no de sí mismas. Por eso no saben cómo frenar a una pareja que sigue sus impulsos violentos sin considerar las necesidades de los demás. Las mujeres no somos solamente esposas y madres, también somos personas.

El mito de que el amor lo justifica todo. Él dice que la lastima porque la quiere tanto que se descontrola ... Ella piensa que la lastima pero que la quiere y después se arrepiente. Ambos olvidan que el amor incluye respeto y consideración por el otro, y que los adultos somos responsables de lo que hacemos.

 

La trampa

La violencia en la pareja no es siempre igual, pasa por períodos de calma que hacen florecer la esperanza de que se pueda cambiar. Después de las explosiones suelen venir arrepentimiento, llanto, juramentos de amor, promesas de cambiar y ruegos de que se le dé otra oportunidad, a los que es difícil resistir. La mujer desea ayudarlo, a cambio de que, como premio, cumpla la promesa de quererla y cuidarla como ella merece.

Pero el sueño no se cumple y después de ese respiro vuelven a lo mismo, tal vez con más violencia que antes. Ella creyó que él nunca más la volvería a lastimar, él cree que ella lo perdonará, haga lo que haga.

Luego de una crisis muchas veces las mujeres ponen condiciones para seguir juntos. Él está desesperado porque la relación se restablezca, expresa que la quiere, que se ha dado cuenta y que está arrepentido de los daños que produjo, promete cambiar radicalmente. Durante un tiempo la convivencia funciona aceptablemente, él cumple las condiciones, respeta los límites y sus propias promesas. Con el tiempo ella baja la guardia, él vuelve poco a poco a sus viejas costumbres, ella deja pasar para evitar enfrentamientos, y gradualmente la situación vuelve a lo de antes, se repiten las situaciones de violencia.

 

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