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El espejo 

 

Un amigo o un enemigo? 

 

Frente al espejo hacemos  muecas, inventamos poses y discursos, ensayamos esos raros peinados nuevos, probamos el nuevo maquillaje. Indagamos sobre nuestra identidad. ¿Por qué a veces el espejo se convierte en nuestro amigo y otras en nuestro enemigo mortal? 

Para nadie somos mas desconocidas que para nosotras mismas. Nunca hemos podido mirarnos a la cara como nos miran los otros. Tampoco accedemos directamente a la parte trasera de nuestra anatomía, a excepción de los talones y las pantorrillas, cuya relativa libertad de desplazamiento lateral les permite ubicarse bajo el dominio de nuestros ojos. Todo demás es un territorio vedado a nuestra mirada que solo puede explorarse a través del espejo.

Según la zona geográfica corporal que se quiera recorrer, la exploración tiene carácter mas o  menos secreto. Las mujeres tenemos la habilidad para armar en público la imagen total de nuestra cara con los fragmentos dispersos que nos devuelve el espejo de la polvera. Para otras exploraciones, en cambio, necesitamos la intimidad del baño.

Frente al espejo, las mujeres vivimos la fantasía de ser otras para satisfacer el deseo de otros, un deseo que en la  mayoría de los casos, hemos asumido  como propio. Y no es que no sepamos discriminar entre lo propio y lo ajeno. Es que los otros son nuestro espejo: nos vemos en la mirada de los demás.

El ser humano es el único animal interesado en conocerse a sí mismo. Para conocernos necesitamos vernos en la imagen del espejo o vernos en otros. No llegamos a conocernos por introspección. El rostro con el cual suele identificarse el yo, solo se conoce a través de un espejo. Quizás por eso jamas nos gustamos del todo. A diferencia de los que le sucedía a la madrastra de Blanca Nieves, a nosotras el espejo siempre nos contesta que la más hermosa es Sharon Stone o Susana Giménez, aquellas de las que el espejo de la mirada social dijo que eran las más bellas. Es entonces cuando vienen en nuestro auxilio los libros de autoayuda que pretenden convencernos de que la verdadera belleza es la belleza interior. Por eso, ante la imposibilidad generalizada de responder a la mirada impuesta por el cine y la televisión, nos peleamos con la imagen que nos devuelve el espejo del baño o el despiadado espejo del placard.

La difícil relación entre las mujeres y el espejo necesita de mediación diplomática para mantenerse estable. mirarse  de reojo en una vidriera puede ser motivo suficiente para que una mujer que camina por la calle sintiéndose una diosa, caiga desde las alturas a la realidad sintiéndose un monstruo..

Algunos espejos son tan siniestros que parecen tener vida propia, cuando existen trastornos de la imagen corporal, por ejemplo, como en el caso de la bulimia y la anorexia, el espejo no refleja la imagen real del cuerpo sino la idea que e se tiene sobre el. La realidad psicológica se impone así sobre la objetividad de la imagen reflejada.

Nuestra vida esta poblada de espejos. Nos reflejamos por primera vez en los ojos de nuestra madre, nos reconocemos cada mañana con el ojeroso espejo del baño, percibimos nuestro reflejo en ollas y sartenes. Nos agrandamos en la mirada amorosa de nuestra pareja, nos achicamos en la desvalorizada pupila del envidioso. Nos dibujamos una mascara de alegría  en el espejo del tocador, desmontamos nuestra cara en mil piezas de puzzle en el espejito de la cartera. Miramos en el retrovisor lo que dejamos atrás, .

Nuestros propios hijos tienen reminiscencias de caleidoscopio. Para crearlos reflejamos en espejos convergentes piedritas de colores: el perfil de un abuelo, la tonalidad de nuestros ojos, la marca de una pasión antigua, retazos de viejas identidades, fragmentos de nuestro propio yo. Y con todo eso formamos una imagen maravillosa única, que, como la de los caleidoscopios nunca se volverá a repetir.

 

Fuente: Revista Luna

 

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