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El maltrato psicológico
se funda en una mortificación del ser y no en un daño del cuerpo como
el maltrato físico. Se produce cuando un sujeto tiene el sentimiento de
ser sistemáticamente desalojado de un lugar simbólico, que él supone
le corresponde ocupar por derecho.
Esta circunstancia
subjetiva hace que sea muy difícil juzgarlo como delito, pues existen
los medios para realizar un peritazgo que de cuenta de la magnitud de un
daño físico, pero no para dar cuenta de una mortificación del ser,
que es lo sucedido en el maltrato psicológico.
El maltrato
psicológico se configura cuando deja de ser una forma contingente de
manifestar el odio al más intimo y se convierte en un acto sistemático
de condena a la infelicidad. Hace consistir a un supuesto verdugo, que
en la vida cotidiana reitera una sentencia humillante para su víctima,
ser a quien le está recordando constantemente su desgracia, dibujándole
un destino con tribulaciones.
Hay rasgos del
otro cercano y familiar que en el tiempo lo van palideciendo, aparece la
intolerancia bajo la forma del sarcasmo, el señalamiento atroz del
defecto, la sentencia descarnada, el chiste audaz, el gesto de
impaciencia y un no rotundo a admitir sus tristezas.
Así es como se
anuncia que la angustia de perder ya no hace signo, surgiendo
progresivamente un goce perturbador e inútil, que va cercando el vínculo
hasta transformarlo en un enlace infernal.
Un hombre
pacifista por principio es incapaz de maltratar físicamente a su pareja
o sus hijos, puede en cambio tener la habilidad de nombrar
contundentemente el pequeño defecto y practicarlo cada vez que tenga
oportunidad.
Se conforma con un
placer que no toca abiertamente el cuerpo del otro, pero golpea su
imagen mediante una crítica agresiva que puede llegar a suplantar, por
ejemplo, la atracción erótica y en general la comunicación posible.
Existe una
neurosis en donde la ambivalencia que rige nuestras relaciones
primordiales con el más intimo, tiene dificultades para disociarse bajo
la forma de odio al enemigo o extranjero y de amor al próximo. Se trata
de la neurosis obsesiva, donde es usual encontrar un conflicto entre
querer ser racionalmente comprensivo y un empuje a tornarse caprichoso,
rivalizante y agresivo con los más cercanos.
La neurosis
obsesiva es un tipo clínico favorable a la instalación del maltrato
psicológico, pues el obsesivo suele exigirle a su entorno familiar el
establecimiento de una alianza para confirmarlo en su fortaleza
imaginaria. Si esta demanda no es satisfecha, se transformará en un crítico
feroz, cuyas precauciones han de exagerarse para lograr sostenerse en un
semblante de rectitud y escrúpulo.
La histérica
suele denunciar con sus síntomas las mortificaciones psicológicas
impuestas por el obsesivo, se queja de la rigidez que la priva de
felicidades anteriores o le impide disfrutar el presente. Sus ligerezas
son a su vez denunciadas por el obsesivo, quien se queja, por ejemplo,
de la mala influencia que ejerce sobre la responsabilidad de los hijos y
de su injerencia en todo lo que no marche a nivel familiar, por el hecho
de no apoyarlo sin reserva en sus indicaciones.
Una pareja que le
interesaba discutir acerca de los problemas escolares y de
comportamiento de una hija adolescente viene a verme. Es la mujer quien
pide una cita, pero decidió invitar a su esposo, quien indica que el
trabajo es con la hija, pero ésta no estaba interesada. Ante una
demanda tan incierta decido escucharlos, sin poder comprender nada,
parecían dos extraños reunidos minutos antes, pues cada uno explicaba
su presencia allí desde perspectivas contrarias.
La mujer pide
hablar a solas conmigo porque está en crisis y el hombre dice estar
preocupado exclusivamente por su hija, porque los asuntos de pareja sabe
como tratarlos, tiene alternativas concretas pensando en un interés común
y las formula así:
"No nos
entendemos más y tampoco nos queremos, tu me amas pero no me deseas y
yo te deseo pero ya no te amo, desde hace tiempo ambos lo sabemos y así
se ha convivido sin mayores contratiempos, reconozco mi inmadurez como
hombre, pero tengo vocación de padre, compórtese como una madre porque
hay responsabilidad con los hijos y es importante estar unidos hasta que
sean mayores. Evite continuar con su amante, es un hombre inmaduro que
la ha puesto en crisis, entréguese a sus obligaciones en lugar de estar
pensando en quien la invitará a salir, no gaste demasiado porque el
futuro hay que asegurarlo y ya vendrá el momento de separarnos".
Dentro de la
tradición familiar de éste hombre, que por lo demás es un eyaculardor
precoz, resulta inconcebible una separación, por eso acude a su mujer
para exigirle consentir en un sacrificio que mantenga vigente la
consistencia del Otro. Este sacrificio ella lo expresa en la
insatisfacción asociada al problema sexual de su compañero, a las
privaciones en que viven porque él decidió no tocar la fortuna que
heredó hasta que sus hijos hallan crecido, a la aburrición que implica
soportar un hombre siempre con un radio en el oído -tercero que se
encargó de separarlos afectivamente-.
Según esta mujer,
su esposo tiene una enorme coraza que lo torna intocable, en casa nada
queda por legislar, tiene contabilizados los minutos que cada uno puede
hablar semanalmente por teléfono y no le gusta salir un fin de semana
porque es algo costoso. Es un mundo donde todo está contabilizado y ahí
esta mujer se debate entre el amor a sus hijos, el anhelo de salir con
un amante que si la complace, la fortuna que si bien su marido no deja
tocar a lo mejor un día disfrutará y la angustia de volverse vieja
esperando.
Tenemos el cuadro
familiar conformado por una mujer mortificada, un hombre intransigente
pero justo, unos hijos privados de comodidad porque su futuro hay que
asegurarlo y una queja generalizada de maltrato psicológico, que ha
conducido a esta pareja a mantener tan bien delimitadas la fronteras,
que ni siquiera en el lecho matrimonial uno se autoriza a invadir el
espacio del otro.
Esta solución
encontrada por la pareja, demuestra que en el maltrato psicológico la
distancia necesaria para protegerse es afectiva y no geográfica e
implica una rectificación de las relaciones imaginarias entre los
personajes que intervienen.
ENTRE EL
MALTRATO Y LA MORTIFICACION DEL SER
En relación al
maltrato las imprecisiones teóricas son notorias, sobresale la
costumbre institucional de diseñar programas de prevención y
tratamiento, valiéndose del modelo médico. Suele tomarse el maltrato
como si fuera una enfermedad que ataca especialmente a la infancia, se
ubica la etiología en múltiples factores psico-sociales que afectan el
medio en donde nace o se desenvuelve la víctima y se propagan
estrategias educativas basadas en la información sobre los derechos del
maltratado y la sensibilización de los violentos.
Acontecimientos
reales como el abandono, el abuso sexual, la agresión física desmedida
y la explotación de los menores en la pornografía, la prostitución,
la venta de droga, la mendicidad y el trabajo forzado, amerita una
medida de protección bajo una figura jurídica denominada recuperación.
Aquí, el maltrato
denota dos aspectos que lo relacionan al mismo tiempo con un trauma real
y con un síntoma social. En el maltrato como trauma físico y psicológico
se diagnostica institucionalmente, que la víctima queda expuesta a síntomas
como el retraimiento, la tristeza, el resentimiento social, el desinterés,
la agresividad desmedida y el fracaso escolar.
Esta descripción
de rasgos observables en menores maltratados, en lugar de constituir un
descubrimiento que sirva al diagnóstico, al tratamiento y prevención
del maltrato, se convierte en un prejuicio que conmueve el corazón de
las almas caritativas.
Todo niño
maltratado presenta, en efecto, secuelas psicológicas que se pueden
agrupar en las manifestaciones anotadas, pero la explicación de esos síntomas
por los malos tratos, en lugar de clarificar el problema, lo deja
sumergido en una generalidad ambigua, pues no pocos niños presentan síntomas
semejantes, a pesar de haber sido sobreprotegidos en lugar de
maltratados.
El maltrato es una
prueba viviente de la ausencia de un padre real, produce en el menor el
sentimiento de estar desalojado de un lugar simbólico al que se siente
con derecho. Cuando no depende de traumas reales observables, como es el
caso de la mortificación psicológica, se instala un vacío de orden
legal, pues no existe un peritazgo preciso que permita demostrar que es
tan grave para la integridad del sujeto una mortificación del ser, como
las demás formas comprobadas de maltrato.
La palabra
mortificación, aunque no es la que se ha consagrado en el uso
corriente, es más apropiada que el término maltrato psicológico para
referirse a un daño emocional. El lenguaje popular suele decir "me
tiene mortificado con sus reproches y celos injustificados", en
lugar de decir "me tiene maltratado...".
En la mortificación
psicológica lo invocado para el diagnóstico es una clínica de la
subjetividad y no un dictamen del forense, por eso en el abuso emocional
es indispensable un mayor rigor conceptual, que el observado en el
maltrato físico. El maltrato psicológico no corresponde a un hecho de
violencia objetiva, sino de mortificación subjetiva, ocasionada por la
eficacia simbólica de una palabra, un gesto o una mirada. La verdad
puesta aquí en juego es particular, psicológica y no una verdad que se
pueda verificar mediante simple contrastación con los hechos.
El psicoanálisis
demuestra que una palabra castiga, humilla, salva e incluso mata, un
gesto de rechazo sistemático o de intolerancia aplasta, una mirada
inquisidora horroriza; pero demostrar que esto es tan eficaz como un
golpe con odio o una violación, exige una demostración clínica
rigurosa, en lugar de una apasionada reivindicación de los derechos.
El discurso jurídico
y el discurso médico, no reconocen que la intensidad de los
sentimientos nunca es proporcional con la magnitud del acontecimiento
que los desencadena. Por esta razón, el peritazgo en materia psicológica
nunca se acoge a la lógica del código legal, si se cuenta con la
subjetividad. Sus heridas no pueden calcularse mediante un examen de la
magnitud real de los acontecimientos, sino mediante un examen de la
significación imaginaria que para cada sujeto tiene lo que ha vivido
sin comprender.
Freud demuestra
que la realidad psíquica tiene para el sujeto una consistencia
comparable a la realidad material, por eso si un niño dice que lo han
seducido, pero el dictamen del médico forense indica que no hay ninguna
lesión considerable, no por ello es un mentiroso, sino alguien que con
su palabra le está indicando al discurso jurídico que hay otra
realidad a considerar, cuya verdad depende de un examen de la organización
imaginaria del niño y no de los hechos realmente acaecidos.
La mortificación
psicológica no existe por fuera de una escucha que, en lugar de servir
para determinar si hay o no méritos para elevar una denuncia de
maltrato ante la autoridad competente, permita anudar la palabra actual
con la historia del hablante.
DONDE ESTA
LA VERDAD
La mortificación
psicológica se escucha como verdad del sujeto y no como dicho a
comprobar, es por esto que no le corresponde oírla a un defensor de
familia o juez de menores, quienes son portadores de un saber sobre los
derechos de la familia, del menor y de los ciudadanos en general, pero
no de una teoría que permita dictaminar sobre la subjetividad. Aquí el
dato estadístico tomado como antecedente y el dictamen del forense, no
sirven como argumento para condenar o absolver, pues lo que se pone en
juego es un desciframiento de la palabra del hablante y no una
confrontación de ésta.
No es lo mismo
recibir una declaración en donde la víctima acusa, muestra y se queja,
para determinar si es necesario hacer evaluar el organismo y elevar una
denuncia ante la autoridad legalmente habilitada para intervenir, que
escuchar el discurso de un ser hablante para evaluarlo respecto a lo que
dice haber padecido.
En este caso el énfasis
de la escucha recae no sobre la verdad o la mentira objetivable, sino
sobre el modo como ha contribuido a su mal aquel que se presente en
calidad de maltratado. Esto vale tanto para el maltrato físico como
para la mortificación psicológica, que es uno de los nombres que
adquiere en la relación humana, el malentendido estructural que deja en
entre-dicho la comunicación.
Todo ser hablante
es un mortificante en potencia de todo aquel que se ponga al alcance de
su discurso. En esta encrucijada queda atrapado el concepto maltrato
psicológico, en donde no se cuenta con la herida visible, la fractura
verificable y la magulladura evidente. Quejarse ante una autoridad sin
tener en el cuerpo la marca que prueba la maldad del otro, deja poca
alternativa a la acción jurídica. Aunque el trauma de la mortificación
sentimental no se cura en un tiempo decretable de incapacidad, como si
suele suceder con el trauma del maltrato físico, el hecho de no poder
medirse con exactitud la magnitud de la agresión ni el grado del
perjuicio causado, deja al jurista sin herramientas legales para el
encausamiento del agresor.
En conclusión,
allí donde la operación jurídica encuentra un límite, el acto analítico
se convierte en necesario.
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